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martes, 5 de marzo de 2013

Hola, amigos! Ayer me desperté con una imágen en la mente y me dieron ganas de escribir sobre eso.
Si bien nunca había escrito nada literario ni nada por el estilo, parece que ayer tuve "berretín de escritor", y bueno, salió lo que salió.
Ahora lo quiero compartir con ustedes, no sean muy duros, es mi primera vez (¿primera y última? ya veremos).



Cavilaciones en gris.

Es domingo y anochece sobre la mitad del mundo. Roberto mira caer la lluvia mientras el humo del cigarrillo dibuja siluetas caprichosas en el interior de la húmeda y deprimente pieza de la pensión que hoy es su castillo.


Las tablas que conforman el piso de la habitación despiden un olor a madera vieja y humedad que le recuerdan a las innumerables habitaciones de pensión que ha  pisado al cabo de sus veintisiete años de trabajo como viajante.


Desde ese tercer piso las ventanas empañadas dejan traslucir toda la melancolía del cartel de neon del viejo y vacío bar. Esas luces monótonas que se encienden y apagan parecen sumirlo en un sopor que últimamente es su única compañía.


En su estado de trance casi hipnótico, Roberto mira sin ver, con la mirada perdida en las calles mojadas, en las parejas que se apuran a refugiarse de la lluvia en el hall del cine, en las luces de los pocos autos que vuelven a sus hogares luego de haber pasado el domingo quién sabe dónde.


Sus pensamientos deambulan en un estado de semi consciencia, no está dormido, tampoco está despierto del todo. El hastío, el aburrimiento, la soledad, la melancolía y quién sabe que otros sentimientos lo abruman.


Cada cierto tiempo se detiene y trata en vano de retomar el hilo de sus propias cavilaciones que insisten en escapar de su control cada vez con más frecuencia. Por más que todo indique que lo mejor sería que se recueste y trate de conciliar el sueño, el adormecimiento es tal que le impide caminar los dos pasos que separan la ventana de la cama.


Finalmente saca fuerzas apenas suficientes como para recorrer esa distancia que su estado de ánimo se empeña en transformar en un espacio interminable. Roberto llega hasta la cama y se acuesta, ni siquiera se quita la ropa, el cansancio es demasiado y ya gastó las escasas energías que le quedaban.


Ya recostado, mira una araña que teje su red sin reparar en la presencia del humano que la observa (o sin importarle demasiado…). Trata de dormir, pero su mente sigue divagando en cosas sin importancia, en imágenes difusas en blanco y negro de una vida con muy pocos momentos de color.


Esa ciudad, esa lluvia, ese cigarrillo, ese hastío se confunden en su mente y se asemejan a otras ciudades, otras lluvias, otros cigarrillos, otros hastíos. Roberto sabe que mañana será otro día, tal vez invariablemente idéntico a los que lo han precedido. Pero muy en su interior atesora la vaga esperanza de que sea diferente a los demás.


Finalmente sus pensamientos se rinden ante el cansancio, de alguna forma logra ignorar el aire viciado y el hedor del colchón y el hombre al fin se duerme. Mañana será otro día.



FIN.