Si bien nunca había escrito nada literario ni nada por el estilo, parece que ayer tuve "berretín de escritor", y bueno, salió lo que salió.
Ahora lo quiero compartir con ustedes, no sean muy duros, es mi primera vez (¿primera y última? ya veremos).
Cavilaciones en gris.
Es domingo y anochece sobre la mitad del mundo. Roberto mira caer la
lluvia mientras el humo del cigarrillo dibuja siluetas caprichosas en el
interior de la húmeda y deprimente pieza de la pensión que hoy es su castillo.
Las tablas que conforman el piso de la habitación despiden un olor a
madera vieja y humedad que le recuerdan a las innumerables habitaciones de
pensión que ha pisado al cabo de sus veintisiete
años de trabajo como viajante.
Desde ese tercer piso las ventanas empañadas dejan traslucir toda la
melancolía del cartel de neon del viejo y vacío bar. Esas luces monótonas que
se encienden y apagan parecen sumirlo en un sopor que últimamente es su única
compañía.
En su estado de trance casi hipnótico, Roberto mira sin ver, con la
mirada perdida en las calles mojadas, en las parejas que se apuran a refugiarse
de la lluvia en el hall del cine, en las luces de los pocos autos que vuelven a
sus hogares luego de haber pasado el domingo quién sabe dónde.
Sus pensamientos deambulan en un estado de semi consciencia, no está
dormido, tampoco está despierto del todo. El hastío, el aburrimiento, la
soledad, la melancolía y quién sabe que otros sentimientos lo abruman.
Cada cierto tiempo se detiene y trata en vano de retomar el hilo de sus
propias cavilaciones que insisten en escapar de su control cada vez con más
frecuencia. Por más que todo indique que lo mejor sería que se recueste y trate
de conciliar el sueño, el adormecimiento es tal que le impide caminar los dos
pasos que separan la ventana de la cama.
Finalmente saca fuerzas apenas suficientes como para recorrer esa
distancia que su estado de ánimo se empeña en transformar en un espacio
interminable. Roberto llega hasta la cama y se acuesta, ni siquiera se quita la
ropa, el cansancio es demasiado y ya gastó las escasas energías que le quedaban.
Ya recostado, mira una araña que teje su red sin reparar en la presencia
del humano que la observa (o sin importarle demasiado…). Trata de dormir, pero
su mente sigue divagando en cosas sin importancia, en imágenes difusas en
blanco y negro de una vida con muy pocos momentos de color.
Esa ciudad, esa lluvia, ese cigarrillo, ese hastío se confunden en su
mente y se asemejan a otras ciudades, otras lluvias, otros cigarrillos, otros
hastíos. Roberto sabe que mañana será otro día, tal vez invariablemente
idéntico a los que lo han precedido. Pero muy en su interior atesora la vaga
esperanza de que sea diferente a los demás.
Finalmente sus pensamientos se rinden ante el cansancio, de alguna forma
logra ignorar el aire viciado y el hedor del colchón y el hombre al fin se
duerme. Mañana será otro día.
FIN.
